El último par de meses he estado contactando con personas que me parecen interesantes. Es algo muy poco característico en mí, tiendo a ver por mis propias cosas y siento que la soledad me otorga mucha libertad. Pero detrás de esta sensación también hay una comodidad. Ya que en estas épocas no puedo ponerme retos físicos, me pongo retos emocionales.

Es posible que—en algún momento de mi vida—un psiquiatra me hubiese diagnosticado con trastorno de la personalidad por evitación, ahora creo que el psiquiatra diría que tengo una tendencia hacia este trastorno. Pero, cuando uno inspecciona de cerca las herramientas que usan los psicólogos y psiquiatras para diagnosticar trastorno de la personalidad, es evidente que el emperador está desnudo, la medición de la personalidad mediante cuestionarios es un concepto ridículo.

Basta con encontrar un cuestionario estandarizado oficial que se usa como instrumento de medición, y aplicarlo en una persona que uno conoce más o menos bien. Puede contener afirmaciones como “soy el alma de la fiesta” o “siempre soy puntual” o “es importante exponer la verdad, aunque sea incómoda”, y luego se califica qué tanto uno concuerda con esa afirmación, en una escala de Likert (del 1 al 5).

Cuando uno aplica este instrumento a una persona conocida, a menudo se sorprende de las respuestas: la gente contesta con toda honestidad cosas diametralmente contrarias a su personalidad. Normalmente tiene que ver con auto-conceptos deseables: exponemos quienes queremos ser, no quienes somos realmente. Exponer a nuestra consciencia a esta realidad causaría conflicto interior, por lo tanto se coloca en un punto ciego ¿Cómo podemos pedir a alguien que nos exponga su personalidad, si esa persona no se conoce a si misma?

Con esto no quiero decir que las pruebas de personalidad sean inútiles, sólo que existen hace poco más de 70 años, lo cual es un micro-instante en la escala del conocimiento humano, y que queda mucho por discernir no sólo acerca de cómo medir la personalidad, sino de cómo entenderla.

Mi sensación es que—si fuésemos expuestos a una gran cantidad de estrés o trauma durante un tiempo prolongado—desarrollaríamos algún tipo de “trastorno de la personalidad” como método para lidiar con este estrés.


Comencé a escribir esto como una descripción de mi labor acercándome a gente que me parece interesante, y luego he terminado por hacer una descripción de los trastorno de la personalidad. Parece ser una evasión a escribir mis sensaciones acercándome a la gente. Es necesario salir de la jaula del ego, y el ego se escuda en las discusiones intelectuales.

Hice una cita con un diseñador que me parece muy auténtico, inteligente y que compartimos muchos intereses, para charlar por zoom. No llegó a la cita, mi primera sensación fue:

“Pues que se vaya a la verga, al final yo soy el que le da ese privilegio, yo soy más reconocido que él”. Identifiqué este pensamiento narcisista como una forma de lidiar con el rechazo percibido.

Luego: “Él no da la importancia que yo doy a una cita porque hacer una cita es algo bastante inaudito en mi persona, hace falta recordarle que teníamos una cita”. Así lo hice. No hubo respuesta.

Luego: “Esto es una señal de que mis esfuerzos por conectar con otras personas es erróneo, piensa que soy uno de esos dudes random que sólo hacen perder el tiempo. Es mejor usar mi tiempo construyendo cosas que atraigan el tipo de gente con la que quiero conectar”.

Luego: “Es mi primera experiencia negativa intentando conectar con otras personas, ¿porqué provoca una sensación desmedida que me hayan dejado plantado?”.

Y me fui a meditar con estas sensaciones y pensamientos y los pude observar como son: aguas turbulentas. El ego es una barca que navega en estas aguas, cuando medito lo observo desde la profundidad. Sin duda el rechazo interpersonal me causa más turbulencia de lo que ocasiona en la persona promedio, pero no destruye el barco del ego, ni hace falta refugiarse en un puerto tranquilo y plácido.

El espíritu pide navegar por el océano y otorgarle a esta aventura lo expone a turbulencias difíciles de navegar. La vida plácida me aburre, quiero más de esto para aprenderlo a navegar. Cuando se disculpó al siguiente día por haberse olvidado, esto fue lo que contesté (reescrito para mayor claridad):

No te preocupes, nos olvidamos de las citas cuando las aceptamos por compromiso, y quizás he sido algo insistente. Además, el tiempo con tu hijo es claramente prioritario.

No creo que tengamos que reagendar la cita. El momento correcto de tener esta conversación es cuando te despierte la curiosidad lo que yo estoy haciendo y lo exponga públicamente. Pero sigo abierto a la conversación cuando venga de tu propia iniciativa y curiosidad.

Hoy el mar se ha calmado ya.