La diarrea ha sido terrible. Dudo mucho que el lector quiera saber los pormenores del progreso de mi enfermedad. En lugar de ello, relataré otra historia relacionada.

Hace unos siete años me sucedió algo similar. Estaba pasando más horas de mi tiempo despierto dentro del baño que fuera de él. Algo andaba bastante mal. Siempre googleo mis síntomas antes de ir al doctor, para comparar su diagnóstico con el mío. Sí, al principio uno siempre cree tener cáncer, pero con la práctica afinas los términos de búsqueda y encuentras cómo ser más objetivo con tus propios síntomas. Diría que—con la ayuda de Google—tengo 90% de certidumbre en mi diagnóstico.

En aquella ocasión mi conclusión fue que estaba padeciendo salmonelosis, pero—según leí—la única forma de verificarlo era mediante estudios de laboratorio. Había uno cerca de donde vivía en ese entonces, entre Chapultepec e Insurgentes.

—“Ejem, quiero hacerme un estudio de heces fecales”.
—“Querrá decir un estudio coprológico o coproparasitológico, ¿trae usted la receta?”.
—“Vengo por cuenta propia” dije, sobándome la nuca con vergüenza.
—“Pues supongo que el corpoparasito… es para parásitos no? Ese no, el otro. O bueno, supongo que me pueden hacer los dos con la misma muestra, cierto?”
—“Así es”.
—“Pues dígame ¿cómo traigo la muestra?”

Sacó tres frasquitos de plástico en donde tendría que “colocar” la muestra de la primera emisión de la mañana durante tres días. ¡Tres días! “¿No basta con uno?” No señor, estos estudios requieren tres muestras. La naturaleza explosiva del problema haría de ello una tarea difícil, pero lo hice, y volví al tercer día a entregar mis muestras. Para colmo de males, una chica guapa recibió e inspeccionó visualmente mis vasitos de chocolate frente a mi.

Los resultados estarían listos en tres días, así que llevaba una semana adicional de sufrimientos en el baño. Recogí los estudios a primera hora de la mañana, y volví a casa para googlear los resultados: una cantidad anormal de Klebsiella pneumoniae y de leucocitos que indicaban una infección, pero esta podía ser de varios tipos, salmonelosis incluida. Así que no obtuve resultado conclusivo.

Resolví que sería mejor buscar la ayuda de un especialista. Hice una cita que me dieron para la siguiente semana, pero mejoré en ese lapso, así que la cancelé. No me repuse del todo, pero a menudo uno queda sentido de la enfermedad y tarda en volver a la normalidad.

Todo parecía progresar conforme lo que esperaba, pero un mes después volvió la diarrea, y esta vez—harto de perder el tiempo—acudí directo al doctor sin cita, con mis estudios en la mano.

—“Doctor, hace un mes tuve una diarrea horrible, sospeché Salmonelosis, me hice estos estudios, pero creo que no los supe interpretar, porque nunca di con lo que estaba padeciendo”.

Se puso las gafas y miró los papeles “hmmmm sí, aquí indica una infección, a ver, acuéstate”. Me oscultó la barriga, preguntando dónde sentía dolor, o nausea. Varios lugares resultaron muy sensibles a la presión que iba a aplicando.

“Hmmm mira, sí, lo más probable es que hayas pasado por Salmonelosis y lo que estás sufriendo ahora es una repercusión de la infección original. El problema es que la salmonelosis no se detecta con un estudio coprológico, se detecta con un estudio de sangre”. Me puse pálido.

—“No me diga eso doctor, ¿pasé una semana entera en el baño, y cagué en esos horribles vasitos de a gratis?”
—“Sí. Bueno, al menos ya sabemos que no tiene parásitos”.

La lección es clara: cuando sospeches salmonelosis, hazte estudios de sangre.