Hace dos días, Nina, la perra, amaneció inexplicablemente triste. “Estará enferma”—pensé. Apenas comió, no pidió sus paseos del día (que son dos), y se la pasó echada. Llegó mi sobrino de visita y me sorprendió que se diera cuenta, el niño de cinco años preguntó “¿porqué está triste Nina?” sin que yo mencionara el asunto.

Ayer se invirtieron los papeles. Amanecí con tal dolor existencial que creí estar enfermo. Me senté a trabajar, pero no pude hacer lo más mínimo. Nina parecía estar repuesta y quería dar un paseo, así que resolví ir al mercado con ella. Corrió con bríos inusitados mientras que yo arrastraba los pies al caminar. Tenía un leve dolor de cabeza, pero además de eso no podía describir otra sensación a la que los angloparlates llaman “feeling on the edge”, una sensación de ansiedad y malestar sin motivo aparente.

Pensé: “la forma de distinguir entre la enfermedad espiritual y la enfermedad corporal es a través del vicio, si fumo un cigarro suelto sabré la respuesta”, así que me acerqué al kiosko a comprar uno. El alivio fue tal que no dejó lugar a dudas. Volví a casa y pasé la mayor parte del día dormido.

Luego hoy, al igual que Nina, he despertado en la mejor de las disposiciones. Que cosa tan extraña es esto. Ayer intentaba repasar las razones de mi malestar, hoy recuerdo que hace un año me solía pasar esto mucho más a menudo, y lo entendía como el clima: algunos días son nublados, otros son soleados. Intentar predecir o encontrar razón del clima es inútil.

Para entenderse es necesario dejar de intentar entenderse.