Hoy medité más de lo que trabajé. Llegué muy profundo, me vino una memoria del maestro Sufí al que visitaba en la Sierra de Gredos, lo había olvidado completamente! Le pregunté “¿para qué sirve el ego?”, y respondió “el ego es indispensable para la búsqueda, es el que carga la llave para abrir el corazón”. No entendí la respuesta en su momento, y por eso lo había olvidado. Otros caminos apuntan al mismo fenómeno. El Tao dice “en la meditación, sumérgete en lo profundo del corazón”. El cuarto camino dice “repite ‘yo soy’ hasta que lo escuches venir desde el corazón”.

Cuando vivía en Madrid asistí por primera vez a un grupo que practicaba las enseñanzas de Silo, un maestro espiritual Argentino. La maestra se mostró consternada cuando llegué, “vamos a hacer un ejercicio muy difícil, es posible que te parezca extraño” me dijo. Le aseguré que no se preocupara, que me gustan los retos, y me dieron la bienvenida.

Dieron las instrucciones: formaríamos grupos de seis personas, y uno se pondría al centro. A la persona del centro había que insultarle de la forma más cruel posible, con el propósito de que se enfadara. El propósito del ejercicio era sentir el enfado pero no permanecer en él, aprender a lidiar con las emociones.

Primero pasó una chica con de lentes. Como ya es conocían entre los asistentes era más fácil para ellos. “Uy te crees mucho con tu maestría, pero eres una ignorante”, la chica se río. “No te debes reir, es otra forma de sacar la emoción” dijeron. “cuatro ojos”, “mira que pelo tan feo tienes”, “ni te sabes vestir”, la chica se ponía roja e intentaba no reirse.

Así pasaron varios hasta que fue mi turno. Me pidieron disculpas por adelantado, se sentían más cómodos insultando a sus compañeros porque había confianza, pero yo era un recién llegado. “Por favor, no se limiten, yo rara vez me enfado y necesito que hagan su mejor esfuerzo”. Les gustó mi actitud.

“Mira este sudaca, se siente español pero no es mas que un indio”, “mírale el pelo, ya se le ve toda la calva”, y así varios insultos inconsecuentes. “Échenle más ganas, de verdad que me quiero enfadar”, les dije. Pasó la maestra y pidieron ayuda. La maestra me miró a los ojos y pareció medirme “este chico se siente mucho, pero no sabe nada, ni sabe seguir instrucciones, le dije que llegara quince minutos antes para registrarlo, pero no lo hizo, no entiende y ni se da cuenta de su incompetencia”.

Los insultos de mis compañeros los había sentido poco atinados para ofenderme. Sólo el que me conoce bien es capaz de poner el cuchillo donde hay carne, y estos estaban atestando golpes donde sólo había ropa. La maestra sí pareció rozar algo, pero no lo suficiente para despertar mi enojo, o al menos así lo percibí yo.

“Tienes un bloqueo en el corazón” me dijo. Te disocias de ti mismo para lidiar con los insultos. El problema de esto es que no puedes escapar del sentir las cosas malas sin dejar de sentir las cosas buenas también. En el momento no lo quise creer, pero luego de procesarlo un poco tuve que admitir que tenía sentido, pues era una persona hermética tanto para lo bueno como para lo malo.

Esa misma noche cuando me fui a la cama, soñé que iba al psiquiatra. El doctor tenía la pared llena de diplomas detrás de él. Yo le aseguraba que estaba ahí por equivocación, que yo era una persona perfectamente cuerda y que se lo podía demostrar. “A ver, muéstreme esas libretas que tiene ahí”. Eran mis diarios. Los deslizaba hasta el otro lado de la mesa. El psiquiatra los ojeaba con rostro burlón, “pero qué mamadas son estas, jajaja! Y dice que está cuerdo! Jajajaja! Está loco como una cabra!”.

La cabeza casi me explotaba del encabronamiento y la vergüenza que sentía simultaneamente. Le grité hasta de lo que se iba a morir y desperté con una horrible sensación de querer estrangular a alguien.

Me quedó una sensación de haber cuarteado la coraza que envuelve al corazón. Sin duda, ahora tengo mayor capacidad de sentir que en aquel entonces, pero aún hay trabajo por hacer. La llave para abrir el corazón la carga el ego porque es un trabajo que se hace deliberadamente. La meditación a menudo la hacemos para refugiarnos de las emociones difíciles, y es excelente para ello, pero hace falta el ego para proponer entrar dentro del corazón a explorar las sensaciones desagradables. La exploración de nuestro centro emocional nos trae una mayor capacidad para amar, para experimentar lo sublime, para vivir la vida de lleno.