Innumerables veces—en la vida así como en el trabajo—uno se confronta a situaciones que no sabe resolver. El primer impulso es el de permanecer inmóvil, permitir que otra persona intente resolverlo. Y aquí se encuentra la principal razón por la que me gusta trabajar solo: la persona inmovilizada por la ignorancia no puede evitar verter su opinión acerca de lo que está haciendo mal la persona que lo está resolviendo.

“¿Quieres hacerlo tú?”—a menudo esta pregunta logra que el inútil dejé de asediar con sus opiniones. “Sólo estoy intentando ayudar”, responden. “Me ayudas más si te quedas callado, déjame concentrarme”. Y luego lo miran a uno como si fuese un tirano intolerante.

La solución de problemas que no tienen respuesta evidente a menudo requieren que uno realice acciones en apariencia estúpidas e inútiles: intentas encajar un tornillo donde no va, meneas algunas piezas para ver si están fijas o sueltas, y así. No estás intentando resolver el problema, estás intentando entenderlo.

La persona que está mirando detrás del hombro lo está haciendo precisamente porque no se atreve a equivocarse. No posee las herramientas cognitivas para confrontarse a cosas que no entiende, sin embargo, sí entiende cuando una acción es inútil, y te lo hace saber “eso no va a funcionar”.

Sin embargo, a pesar de que uno trabaja solo, aún hay una parte fragmentada de uno mismo que observa y susurra exactamente lo mismo que dice el observador crítico e inútil: así no es, ahí no encaja, pero cómo vas a creer que eso va a funcionar. Si uno es interiormente iracundo, puede inclusive llegar a la violencia interior, que se manifiesta en mal cuerpo y una desazón absoluta al trabajo. Lo deja a uno tumbado en la cama como si le hubiera pasado un tractor por encima.

Si bien es cierto que cierto grado de disciplina interior es necesaria, tanto en el interior como en el exterior es un grave error actuar con violencia. En este caso el yo-crítico se vuelve sombra: los susurros ya no se experimentan como voces en el interior, sino que nos volvemos ultra-sensibles a las críticas del exterior, porque son un reflejo de nuestra parte reprimida.

El trabajo interior consiste en integrar todos los fragmentos en una sola unidad. La parte crítica es necesaria, no se le debe reprimir, pues aunque pudiésemos castrar la capacidad crítica, esto sería volver al estado infantil donde lo ingenuo tiene la misma validez que lo sublime.

A menudo es suficiente con notar esta voz: “hay algo dentro de mí que me impide explorar porque sabe que esto no va a funcionar”. Y se le reafirma “pero sólo estoy explorando, ahora no quiero resolver, quiero entender”. Dicho esto, aquel que mira detrás del hombro toma una actitud más relajada al problema. Lo mejor sería que permaneciera callado, sin duda, pero pasa de decir “así no es” a decir “¿y si intentas esto?”.