Creo que nunca he registrado el fluir de mi consciencia en español, lo siento hasta extraño. Estoy tumbado en la cama, cual Chaac-Mol. Lo estoy haciendo porque me traje el ordenador a la cama, porque ayer no podía dormir y normalmente un rato de meditación logra darme sueño, pero en esta ocasión parecía resistirse.

Mi horario se descuatrapeó de forma importante. Dejé de fumar mota hace unos diez días y se me descolocó no sólo el horario, sino las ambiciones y el estado emocional, pero estoy meditando tanto que lo observo con desapego. Sólo es un periodo de reajuste.

La mota que estaba fumando era muy suave. La usaba para hacer cosas que me disgustaran. Si venía la vecina amiga de mi mamá que es insoportable, fumaba un poquito y su compañía se volvía tolerable. Si necesitaba trabajar sobre algo desagradable, le daba una fumadita y avanzaba lo suficiente como para pasar el bache. Le daba una fumadita antes de irme a la cama.

Tengo la suficiente objetividad para saber que no es el gran lastre que es para otras personas, especialmente esta maría que es tan suavecita. Quita la aspereza que tengo conmigo mismo y con los demás.

Ayer vino la vecina: “por qué no me has pasado a ver? ya te olvidaste de mí!”. Cuando salgo al súper o al mercado le toco para preguntarle si quiere algo. Pero siempre que lo hago comienza una verborrea interminable de quejas respecto al barrio, al vecino, al gobierno, son quince minutos de intentar volver la conversación a la tarea inmediata “pero entonces dime, qué vas a querer del súper?”—“Arroz! Qué crees? Se me llenó de gorgojo el arroz! No puede ser! La última vez que me pasó…”.

—“No he pasado a verte porque pensé que Óscar te estaría echando una mano”. Óscar es un chico con retraso mental moderado al que prepara de comer, y él le lleva sus encargos. —“Pero ya sabes que Óscar a veces se clava mi dinero”. —“Bueno, mañana paso al súper, qué vas a necesitar?”. —“Necesito pasar al cajero, me acompañas no?”. —“No Gaby. Porqué no puedes pasar al cajero tú sola?” —“Es que si no me tengo que estacionar y pierdo mucho tiempo”.

Me estaba mintiendo. Gaby es una persona increíbilemente ansiosa. En estos días de coronavirus sale con doble cubrebocas, pantalla de plástico, gogles y guantes de plástico. Pero no deja de fumar. Tampoco va al banco más cercano porque para llegar hay que pasar por un puente que cruza un río, ¡le da miedo pasar en su coche!

Nos había contado, al inicio de la pandemia, que fue al cajero pero con tanto obstrucción que llevaba en el rostro le resultó difícil leer lo que había en la pantalla. Se puso nerviosa y pidió ayuda, pero “nadie se quiso acercar a ayudarle”. Sacó su tarjeta como pudo, y desde entonces me pide que la acompañe al banco a sacar dinero.

En este nuevo modo áspero me vi diciéndole “Gaby, hay que aprender a ser más independientes. Me pides que te pague tus recibos de luz, de la tienda departamental, que te saque dinero, que te compre cosas por internet…”, bajó la mirada y vi que la había lastimado.

“Discúlpame Gaby, mira, me cuesta trabajo decir que no, se me van a acumulando las cosas, y el último recibo que me encargaste pagar, tardé dos horas investigando cómo se pagaba correctamente, porque si lo pago mal el responsable soy yo. Procura distribuir tus necesidades bancarias entre varias personas. Yo no puedo ser tu banco”.

Terminamos la conversación cordialmente. Sé que en los próximos días va a intentar devolverme los favores a su manera, me va a hacer hot cakes (que no me gustan) o va a insistir transportarnos a mi mamá y a mí en su coche para ir al súper o llevar a mi mamá a casa de mi hermana. El problema es que es tan nerviosa que no puede ir ella sola, tengo que ir yo. Y termino agotado, prefiero cargar que ir en su coche, escuchándola quejarse.

No hay conclusión en este fluir de la consciencia. Pago el conflicto interpersonal con mal cuerpo, y mi bálsamo era la mota. Fumaría y sentiría que no es para tanto. En esta aspereza la mente dice que no es para tanto, pero la sensación es de desprecio: “has dejado que la ansiedad te carcoma a tal punto que no puedes operar de manera normal en el mundo, y dejas tus responsabilidades a otras personas”.

Honestamente no sé porqué escribo esto aquí, quizás sólo porque estaba registrando mi flujo de la consciencia, y fue aquí a donde fluyó. No hay que tomar el discurso de la mente como una fuente de verdad, hay que dejarlo fluir mientras uno observa con desapego. No hay nada que resolver, esto es una foto del interior que viene sin filtros.