Hace unos meses, al principio de la cuarentena, acompañé a mi tía al aeropuerto para tomar su vuelo de regreso a Canadá. Estaba muy nerviosa y no quería irse en autobús, por lo que un primo se ofreció a llevarnos.

En el camino mi primo me preguntó en qué andaba ahora, y le conté de mis proyectos. Me dijo “que raro, si Ramiro dice que andas de huevón sin hacer nada, que antes tenías chamba y lana pero ahora ya ni quieres trabajar”. Sentí ese ardor que nace en el estómago y sube hasta los ojos cuando el ego es herido, guardé un momento de silencio para saborear el dolor: Ramiro es mi primo más querido, y el cabrón estaba enterrando un cuchillo en donde más dolía.

“Ramiro no entiende”, pensé. Para mi el trabajo es tan sagrado que escribo a diario sobre ello, y si bien mi definición de trabajo es bastante distinta a lo que la mayor parte del mundo entiende como trabajo, prácticamente estoy trabajando todo el tiempo, interior y exteriormente.

Pero no me podía quitar la espina, y decidí hablar con él de manera casual, para dejar atajado el asunto. Pero cuando lo vi no sentí esa energía de desprecio. Cuando la gente piensa mal de ti, se nota. Ramiro habla mal de todo el mundo, es un mal hábito, “cómo pude pensar que yo iba a ser la excepción”, pensé. “Si tengo que hablar con él, será para aconsejarle que no ande hablando mal de la gente”.

Pero pasó el tiempo y lo dejé pasar. Hice alarde con él de lo “muy ocupado” que estaba, e hice conversación respecto a mis proyectos, cosa que normalmente no hago, pues la gente asocia el trabajo con tener un empleo, y si no tienes uno asumen que te la pasas echando la hueva. El orgullo provocó que exteriorizara más mi ocupación.

Pero el fin de semana pasado Ramiro me habló por teléfono: “Oye Mark, me pidieron el rostro de esta niña para unas playeras en serigrafía, no estoy en mi casa, me puedes echar una mano con Photoshop pasándolo a una tinta?”. Mi primer impuso fue decir “ni madres”, pero le expliqué que estaba en el super y que tenía que hacer unos pendientes regresando a casa, pero que me lo enviara para ver qué tan complicado era.

Era complicado. “No es trivial, mejor busca a alguien más que te eche la mano”. Insistió. Lo llamé por teléfono, le dije “mira, voy a ser honesto contigo, no puedes andar diciendo que ando de huevón y luego pedirme que haga tu trabajo”, se ofendió “yo cuando dije eso?”, “mira, si quieres hablamos de eso después, mientras busca a alguien que te lo haga porque yo no lo voy a hacer”. Me colgó. Minutos después envió mensajes de “me encabrona que pienses que yo ando diciendo eso de ti…”, drama. “No voy a discutir esto por whatsapp, me pongo en contacto contigo en la semana para hablar”.

Ayer llegó el día. Estábamos los dos calmados y en la mejor disposición de arreglar las cosas. Le dije: “mira, para mi el trabajo es sagrado, cuando me enteré que andabas diciendo que era un huevón pensé ‘si Ramiro no sabe lo que hago, es natural que asuma que no hago nada’, pero de ahí a que me estés pidiendo hacer tus chambitas ya es demasiado”—“pues es que tú mismo me lo dijiste cuando llegaste, que andabas de huevón pero bueno, siempre has trabajado un chingo y pensándolo mejor es normal que te des un descanso”. Esta parte fue fácil de resolver, pero lo difícil era explicar que andar hablando mal de la gente es ir contra el patrón de patrones.

Recurrí a una historia.

“Cuando tenía catorce años iba cada fin a casa de Óscar (otro primo un año mayor que yo). Había una vieja que quería con él, pero a Óscar no le gustaba, y se acercó conmigo, seguramente para provocarle celos. Se puso a hablar mal de Óscar, y como Óscar era a veces culero conmigo, pues yo también me puse a hablar mal de él”.

Ramiro y yo nos reímos de mi ingenuidad. Proseguí con la historia.

“Al día siguiente llegó y me dijo: mira MacKay, nomás porque sé que eres bien pendejo, ni siquiera me enojo contigo. Hay algo que tienes que entender: a pesar de que lo que hayas dicho sea verdad, no debes hablar mal de tus amigos. Si tienes un pedo conmigo, dímelo a mi, no a esa vieja que va buscando sembrar discordia”.

Y le dije a Ramiro “desde ese día lo entendí perfectamente: existe un círculo de confianza, y ese círculo de confianza jamás se traiciona. Si no le puedes decir algo a la cara a un amigo, mucho menos se lo vas a decir a otra persona. En esencia tú y yo nos emputamos de la misma cosa: yo porque porque hablaste mal de mi algo que no has confrontado conmigo, y tú porque le creí a alguien menos cercano que tú. Los dos estábamos violando un pacto implícito de lealtad”.

Y así, sin razonarlo demasiado, llegamos al meollo del asunto. Nos dimos un abrazo y el asunto quedó zanjado.

Todo es trabajo, inclusive esto.